Los retos del cuerpo y del sexo: Le Breton y Butler
Adiós al cuerpo(1)
La sociedad contemporánea ha llevado a una reapropiación del cuerpo, una sensación de poder sobre sí mismos que se materializa en prácticas como el tatuaje, el piercing y también las operaciones de reasignación sexual. Se ha producido de este modo una separación entre el ser humano y su sí mismo, por lo que estas marcas y ejercicios realizados sobre el cuerpo son formas actuales de construcción de una identidad, un renacer y una estetización. Lo importante es notar la polisemia de estas prácticas. No implican una homogenización, sino una marca que sigue la lógica propia de cada quien.
Esto también lleva un riesgo, al transformarse el cuerpo en una posesión se vuelve parte de los circuitos de consumo de la sociedad contemporánea. En esta búsqueda de transformación corporal, Le Breton vislumbra la antigua sospecha, el malestar y hasta el pecado que conlleva como falta el cuerpo. Vuelto casi un alter ego de nuestro propio ser, sólo a través del cambio se puede alcanzar la existencia plena. “El cuerpo es un objeto a someter, no a vivir como tal con alegría”(9).
Al cambiar el cuerpo el individuo desea modificar su vida, cambiar su sentido de la identidad, vuelve a nacer cuando multiplica los signos de su existencia de manera visible sobre su cuerpo. Así la anatomía no es más un destino sino un accesorio de la presencia que es necesario moldear.
En la reflexión sobre el cuerpo Le Breton se pregunta específicamente sobre el transexualismo. La voluntad firme es lo que motiva la construcción quirúrgica y hormonal del cuerpo transexual, la decisión propia de ir contra el destino anatómico, pero a su vez la provación y el juego. De ese modo lo femenino y lo masculino se vuelven una producción permanente basada en el uso apropiado de los signos, en un espacio de la experimentación. En este proceso se vislumbra un profundo cuestionamiento a la masculinidad.
Para Cooper (2), citado por Le Breton, la experiencia de goce con una persona transexual cumple la curiosidad infantil de experimentar, tocar, a un hombre sin sacrificar la excitación que produce el encuentro con una mujer. El transexual se hace un viajero de su propio cuerpo, un viajero entre el sexo y el género, un viajero que modula su cuerpo no adecuándose al sujeto sino al momento.
Deshacer el género(3)
La historia de David Reimer , el caso Joan/John, es relatado por Butler con gran minuciosidad, acompañando a preguntas claves que dirigirán su reflexión sobre el género para hacerle justicia a alguien: “¿en quién puedo convertirme en un mundo donde los significados y los límites del sujeto están definidos para mí de antemano?, ¿y qué pasa cuando empiezo a convertirme en alguien para el que no hay espacio dentro de un régimen de verdad dado?”.
Los supuestos sobre el género y el debate sobre su raíz biológica o cultural fueron fatalmente padecidos en el cuerpo de David, hasta llevarlo al suicidio. Los científicos utilizaron a David para sustentar sus propias creencias teóricas, en vez de ver en su experiencia, en su construcción de sí, una posible vía de reflexión sobre la identidad, que ponía en cuestión preconceptos e ideas largamente cultivadas por la ciencia; como debe ser el proceso de todo ejercicio del saber que busca develar al ser humano y no limitarlo.
Aunque pareciera que la categoría género ha sido suficientemente debatida, ésta escapa a una concepción fija, “el género es un tipo diferente de identidad y su relación con la anatomía es compleja”(97). De aquí que la reflexión sobre sus acercamientos plantee problemas de difícil disolución.
Un caso que Butler analiza con minuciosidad es el referido al diagnóstico del transtorno de identidad de género (DSM-IV). Sobre este punto hay dos posturas aparentemente opuestas, aquella que argumenta que la diagnosis es una vía fácil a los medios médicos y quirúrgicos para la reasignación sexual. Y aquella que niega la transexualidad como un transtorno y propone que los trans deben ser aceptados como personas comprometidas con prácticas de autodeterminación y autonomía. Sobre esta disyuntiva plantea que “sería un error solicitar su erradicación sin haber establecido previamente una serie de estructuras que permitan pagar la transición y obtener estatus legal”, porque en efecto esa es la realidad de muchas personas trans en el mundo.
Sin embargo, da cuenta de que esta situación afecta sobre manera a los niños(as) y adolescentes trans que no tienen todavía la seguridad necesaria para lidiar con un sistema y un proceso de patologización que pondrá en duda lo que sienten ser. Según el doctor Richard Isay, citado por Butler, “la propia diagnosis puede causar daño emocional al lastimar la autoestima de un niño que no padece transtorno mental alguno”(123).
Parecería por tanto que no se debe dejar esperar un sistema de salud ideal antes de combatir el transtorno de identidad de género puesto que aún siendo utilizado como vehículo para el anhelado cambio de sexo, el proceso implica: a) inculcar un sentido de transtorno mental en aquellos sometidos al proceso, b) fotalecer la idea de la transexualidad como una patología y c) funcionar como un argumento para quienes conviene que la transexualidad siga en la esfera de la patología mental porque pertenecen a centros médicos o institutos que sacan beneficio económico de ello.
A su vez, la necesidad de un certificado médico, es decir, la intervención de especialistas médicos para aprobar un cambio de sexo, es un acto paternalista que va en contra de la autonomía que se está buscando en el mismo proceso de reasignación sexual. Para Isay, la diagnosis puede llevar también a una confusión entre autonomía y patología en los jóvenes y niños. “El precio de utilizar la diagnosis para conseguir lo que se quiere es que no se puede utilizar el lenguaje para decir lo que realmente se cree es verdad”(135). En otras palabras, se compra una suerte de libertad, con otra, pagándose un precio muy alto por esta elección: la verdad.
Dada la naturaleza nociva de la diagnosis del transtorno de identidad de género, Butler se plantea una interesante reflexión “puede que no sea una cuestión de si puedes conformarte a las normas que rigen la vida del otro género, sino si puedes conformarte al discurso psicológico que estipula lo que son dichas normas”(137).
Lo más paradójico para Butler es que es la misma diagnosis la que produce la presión social que causa angustia: “la diagnosis alivia el sufrimiento; y es posible y también necesario decir que la diagnosis intensifica el mismo sufrimiento que requiere ser aliviado”(147).
El problema no es simple y es necesario seguir luchando, buscando un mundo de una existencia más amplia para crear lo que realmente queremos ser, para que la libertad no implique falta de libertad, ni la autonomía la sujeción.
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[1] Le Breton, David. Adiós al cuerpo. Una teoría del cuerpo en el extremo contemporáneo. México: La Cifra editorial, 2007.
[2] Cooper, W. Sesso estremo. Nuove pratiche di liberazione. Roma: Castelvecchi, 1997.
[3] Butler, Judith. Deshacer el género. Barcelona: Paidós, 2006.

